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Eslabones destacados

Dos cuentos:

La madre de Rex (corto)

El coloquio cuadrupedante

Jompeich de Marco Katz

Como aprender el idioma de Cervantes
(digo de Joey Cervantes, del Bronx)

Nota: Entiendo que vivo en un país que administra sus operaciones oficiales en dos lenguas mandado por su parlamento: inglés y francés. Lo veo—mejor digo, lo escucho—muy claro; sin embargo, no pienso en emplear ni el uno ni el otro a lo largo de este texto.

«Recuerdo a mi noviecita, mi amor a los quince años. Yo tratando de besarla, y me decía: ¡Si me vuelves a tocar te araño! Qué bonito es el amor, el amor cuando es sincero.» Rubén Blades, “Sin tu cariño”

La novia de mi adolescencia, una judía por ambas ramas familiares, aprendió castellano y luego viajaba por toda España. Desde entonces jamás he tenido una relación prolongada con ninguna mujer que no se defiende en español.

uptown
Uptown Conversation: Rick Ulfik, Michael Dorfman, Sal Ilardi, Víctor García, Roberto Ortiz, Marco Katz, y Bob Porter

Embarqué en mi propio aprendizaje de castellano después de que había abandonado mis estudios académicos para tocar el trombón en grupos profesionales. Se ve en la foto mis primeros maestros: el dominicano Víctor García, el cubano Roberto Ortiz, y el negro judío puertorriqueño Sal Ilardi. Los demás somos los “americanos”: el afro-americano Bob Porter, el judío Michael Dorfman, el polaco Rick Ulfik y yo—un judío de la rama equivocada. Sacábamos la foto en nuestro barrio, Alto Manhattan, donde hoy en día opera con El Bronx para decidir las elecciones de la República Dominicana.

Varios años después, hablé en castellano constantemente con Víctor, el guitarrista, durante una gira estadounidense del grupo afro-americano, The Joneses (“Sugar Pie Guy”). Éramos, Víctor y yo, los “blancos” de aquella tripulación musical. Dejé The Joneses así que siempre odiaba el rock y, más importante, quise volver a los grupos de salsa, que ofreció música más compleja y donde el trombón era—en aquella época—el rey, igual que la guitarra para los rockeros. Empecé a tocar con los Lebrón Brothers, cinco hermanos quienes habían tenido éxitos durante el latin-boogalú de los años sesenta. Cuando yo tocaba con ellos durante los años setenta, siguieron teniendo éxitos pero nunca chavos, en parte por el manejo criminal de los empresarios y en parte tambien por su propia desorganización. Aparte de los Lebrón, yo tocaba con músicos menos conocidos como Fernando Vera, Joe Coto, Johnny Bronco, Orquesta La Vida, Los Tremendos de Colombia, Galo Guevara, y otros que ni siquiera recordé por la mañana siguiente.

mon's trombones
Para que sepan utedes, aquí etamo, los trombonita de Mon Rivera:
Frank Figueroa, José Rodríguez (quizá lo mejor del mundo), y yo

Una noche en Filadelfia escuché Mon Rivera y su conjunto con tres trombones. ¡Chévere!  (¡Qué padre el sonido!) Durante el receso yo di mi número de teléfono a cada uno de los trombonistas y dije «Cuando se marche uno de ustedes, me tenga que llamar.» Claro que no lo hicieron, pero muchos meses después me llamo el propio Mon Rivera para pedir mi participación en una gira de la Isla del Encanto (Puerto Rico) que tenía previsto para el próximo día. Con nada más que diez dólares en mi bolsillo fui para encontrar los músicos a las nueve de la mañana en el aeropuerto LaGuardia. Viajé con Mon bajo el nombre de su trombonista anterior, José Castrillo, un nombre que me costó bastante pronunciar en aquella etapa de mi vida. (Notéis, mis amigos, que durante los años setenta, bajo un régimen menos autocrático, los pasajeros no tenían que subir los aviones con carné de identificación aun cuando volaban a las colonias como Borinquen.) Bajábamos en San Juan y dirigimos directo a la primera actuación en San Germán, un lugar donde yo había tocado antes con los Lebrón. Aunque yo no tocaba las partituras perfectamente, Mon se santiguó durante mi improvisación y a lo largo de los dos años siguientes, hasta su muerte, me presentaba como solista importante. Cuando dejemos San Germán tuvimos que tocar en el Club Ocho Mil en las afueras de San Juan. Mon me preguntó si tuviera necesidad de chavos y contesto que sí debido a que no me había hincado los dientes desde el vuelo.

Aprendí muchas palabras durante mis dos años con Mon. Comí los cochifritos, cobré chavos y bailaba con las jevas—pero no tanto como los otros músicos porque era un poco tímido. Muchos años después, estudiaba en la Universidad Complutense de Madrid donde aprendí—a pesar de ciertos prejuicios mantenidos entre tanto los hispanohablantes como los anglohablantes—que los puertorriqueños sí hablan castellano. Pues todavía yo tenía que aprender unas cosas. Por ejemplo, el español de España lleva la s. Además, los cochifritos se han transformados en tapas y las tortillas, comida mexicana que los puertorriqueños sólo conocen del Taco Bell, tenían papas y blanquillos en vez de maíz o harina. También en España las chinas son naranjas, las toronjas son pomelos, el jugo es el zumo, la pluma es un boli (bolígrafo), el tren es el ferrocarril y los carros son coches (aunque son todavía caros). Pero la guagua es siempre la guagua y no me importa que piense nadie sobre ésta. En vez de los chavos—algo que cobran a veces los andaluces o los extremenses—los españoles llevan pasto o, antes del euro, talegos y duros (includo que muchos ancianos todavía cuentan en duros; 20 duros=100 pesetas). Y las jevas en Madrid son las tías igual que los chavales o los brothers son tíos. ¡Guay tíos! ¡Me mola mogollón!

En la Complu, una profesora de filología me dijo que prefiere enseñar en La Península donde uno no tiene que estar «politically correct» como en Estado Unidos. No obstante, aprendí que los negros no son los morenos  o—aún peor—los cocolos o los molletos como se dicen en Nueva York. También los indios americanos vienen de naciones distintos que llevan sus propios nombres traducibles a castellano y que todos los coreanos, los japoneses, los vietnamitas, y los tailandeses no son chinos. Sobre todo, aprendí que mis paisanos son estadounidenses quienes comparten—o no comparten—el hemisferio con otros americanos como los mexicanos, guatemaltecos, chilenos, uruguayos, argentinos, brasileños y canadienses.

Y aquí estoy en la provincia de Alberta, otro lugar latino—pues ¡mire su nombre!—en Canadá sonde estudio la literatura y las teorías en castellano con profesores y alumnos de Canadá, México, Nigeria, Rusia, y Uruguay. Hablan mu bien mis compañeros y desarrollan temas fascinantes durantes los debates sobre nuestras lecturas. Vivo con mi china (si puedo emplear una palabra “literaria” de ambos Martín Fierro y los nuyorriqueños) quien habla también en castellano aunque es gabacha igual que soy gabacho. ¿Cómo hubiera podido pensar en tal presente durante mi vida anterior? A ver donde me llevarán los estudios del porvenir. Vale.

 
Os agradezco un montón profesora Victoria Ruétalo y mis compañeros de clase Argelia, Delma, Joseph, Lilian, Sarah, Slava, y Sandra.